¿Por qué me aferro tanto al ayer,
si el tiempo ya no vuelve ni responde?
¿Por qué esta alma insiste en retener
lo que el presente nunca me repone?
Hay huellas que el silencio no disuelve,
recuerdos que se cuelgan del latido,
instantes que mi mente los envuelve
como si el corazón los hubiera escondido.
Quizás porque dolió, pero fue mío,
porque en el eco hallé cierta certeza,
y aunque el sol se haya ido del estío,
aún guardo su luz con terquedad y tristeza.
Tal vez es el temor a lo que viene,
a un porvenir sin rostros conocidos,
y este pasado, aunque a veces me envenene,
parece más seguro que los rumbos no vividos.
Pero ¿qué soy si no dejo que me habite
lo nuevo, lo incierto, lo que aún no he sido?
¿No muere el alma cuando se repite
la misma escena en su propio nido?
Me aferro… sí, lo acepto, lo confieso,
porque en el fondo quiero comprender
si soltar no es olvido, sino un regreso
más sabio… hacia lo que quiero ser.

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