Tengo varias cicatrices en el alma.
No sé cuántas.
A veces creo que son menos,
otras noches siento que no queda espacio sin herida.
No sangran ya,
pero cuando todo está en silencio,
las escucho palpitar.
Gritan como si el pasado tuviera eco,
como si el dolor no supiera morirse del todo.
Me pregunto si fui yo…
si fui yo quien se dejó romper tantas veces.
¿Era amor o era necesidad?
¿Era esperanza o miedo al vacío?
Hay una cicatriz que huele a abandono,
otra a traición,
una más lleva tu nombre
aunque ya no sé si fuiste tú o fui yo quien se fue primero.
Y hay una —esa maldita—
que no tiene rostro,
pero pesa como si cargara un mundo que no pedí.
A veces quiero arrancármelas.
Tener el alma limpia,
como si nunca hubiera amado tan mal,
como si no hubiera dejado partes de mí
en gente que ni siquiera me miró bien.
Pero no puedo.
Y eso es lo más duro:
saber que soy este mapa de fracturas,
que no hay vuelta atrás,
que cada herida es mía,
que cada ausencia fue real.
Y sin embargo…
¿sabes?
Hay días en que las toco con cuidado,
como quien acaricia una vieja fotografía,
y me digo: sobreviviste.
Tal vez eso también sea una forma de belleza.
Una rota, incompleta,
pero belleza al fin.
Porque sí…
tengo varias cicatrices en el alma.
Y aunque me duelan,
son lo único que aún me hace sentir
que alguna vez estuve vivo.
.jpeg)
Comentarios
Publicar un comentario