En la oscuridad de la desesperación,
la noche se ciñe como un manto sombrío,
y el eco del dolor resuena sin cesar,
en el abismo del alma, perdido y frío.
Los suspiros son dagas que traspasan el pecho,
cada lágrima derramada es un grito mudo,
y el corazón, enredado en nudos de angustia,
busca una luz en el camino intrincado y crudo.
Pero en medio del caos, como un faro en la tormenta,
surge el consuelo, suave y reconfortante,
un susurro de esperanza que acaricia el alma,
un bálsamo que calma el dolor penetrante.
Es el abrazo cálido de una mano amiga,
el refugio seguro en el seno del amor,
que envuelve al ser herido con ternura infinita,
y le enseña que tras la noche, amanece el fulgor.
Así, en el laberinto de la desesperación,
florecen los brotes de fe y resignación,
pues el consuelo es la brújula que guía,
hacia la calma tras la tempestad, la salvación.

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