En el fulgor de la era tecnológica,
surge un universo de conexiones sin fin,
un prodigio que el mundo abraza y aplica,
pero también, un dilema que nos hace reflexionar, por fin.
Las redes sociales, la pantalla seductora,
nos atrapan en su teatro digital,
un laberinto de apariencias engañadoras,
que a veces nos lleva a un camino irracional.
En el espejismo virtual, la verdad se difumina,
y las apariencias dominan la escena,
cada click, cada like, cada publicación insinúa,
una imagen idílica, una vida perfecta y serena.
En la búsqueda de conexiones constantes,
a menudo olvidamos el aquí y el ahora,
se pierden los lazos, las charlas vibrantes,
y el mundo real se difumina, sin demora.
La tecnología avanza sin pausa ni calma,
nos trae ventajas, pero también desventuras,
la adicción, la ansiedad, la pérdida del alma,
son estragos sociales, dolorosas fracturas.
El rostro oculto tras una pantalla fría,
nos separa de la empatía y el calor humano,
y en la ilusión de la perfección desmedida,
perdemos la autenticidad, caemos en el engaño.
Mas no es la tecnología, en sí misma, culpable,
sino el uso que hacemos de su poder,
debemos hallar un equilibrio amable,
entre lo virtual y lo real, aprender.
Reflexionemos sobre el impacto de la era digital,
busquemos la conexión genuina y profunda,
cultivemos el ser humano en su verdad,
recuperemos el alma, sin duda.
La tecnología es una herramienta poderosa,
que puede unirnos y acercarnos con respeto,
aprovechemos su potencial para cosas hermosas,
sin olvidar que el valor está en lo cierto.
En el caos y los estragos que nos rodean,
recordemos que aún podemos cambiar el rumbo,
tejamos un futuro donde el amor sobreabunde,
donde la tecnología sea aliada, no enemigo oculto.
Así, en esta reflexión sobre la tecnología,
busquemos ser sabios en su empleo,
que no opaque nuestra humana esencia, la poesía,
sino que enriquezca y eleve nuestro ser en anhelo.

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